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Tres factores clave para una política de inmigración: apertura, control e integración
  • Publicación: 14 / 12 / 2006

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Ya en 2001, el Círculo puso sobre la mesa argumentos e ideas para una reflexión acerca de la inmigración (1). Desde entonces, el fenómeno ha adquirido una extraordinaria relevancia económica, política y social que invita a extender aquella propuesta para tener en cuenta lo sucedido en el último lustro, la experiencia acumulada por otras naciones y las perspectivas de futuro.

La inmigración ha supuesto para la economía española una inyección de dinamismo de la que nos hemos beneficiado de varias formas: crecimiento de la población, creación de empleo, crecimiento real sostenido, superávit de la Seguridad Social, etc. Es un fenómeno que además ha contribuido a cambiar sustancialmente la sociedad española en un plazo relativamente breve; España es hoy un país con una diversidad antes desconocida, con todas las consecuencias positivas y negativas que esto comporta.

Presentación Documento sobre Inmigración 14 de diciembre de 2006

De derecha a izquierda Claudio Boada Pallerés presidente del Círculo de Empresarios, Pedro Mielgo Alvarez presidente del Comité Especifico sobre Inmigración

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En los próximos años, las políticas relacionadas con la inmigración deberán seguir haciendo frente a importantes retos, puesto que las presiones migratorias no van a ceder. Baste señalar, en este sentido, los flujos que se generarán de manera autónoma e inevitable a través de la reagrupación familiar o fruto de la nueva ampliación de la Unión Europea. A ello habrá que añadir la continua presión de la inmigración ilegal potencial, agudizada en el caso español por nuestra situación geográfica y las características de nuestra economía.

Dos elementos introducen condicionantes específicos para el caso español. Por un lado, la velocidad a la que se ha producido la entrada de población inmigrante, más elevada que la de otros países de nuestro entorno, ha cambiado muy rápidamente la realidad social y la percepción que del fenómeno tiene la población autóctona, dado el poco tiempo con que ha contado para ir adaptándose a la nueva situación. Esa rapidez ha dificultado la generación de estadísticas fiables –carencia que debería enmendarse con urgencia-. Por otro lado, la población inmigrante en general está expuesta a un posible cambio de ciclo, ya que la fuerte creación de empleo inmigrante se ha concentrado esencialmente en la construcción y en determinados servicios, sectores todos ellos de evolución muy cíclica.

En efecto, la intensificación de los flujos inmigratorios ha tenido lugar en el marco de un modelo económico que no podrá mantenerse indefinidamente y que cada vez tendrá más dificultades para mantener su capacidad de acoger nuevos inmigrantes (y de integrar plenamente a quienes ya residen en el país). En cierto sentido cabe afirmar que la inmigración ha permitido alargar la vida de un patrón competitivo que debe evolucionar hacia un modelo más moderno. Si no se produce esa modernización, en fases bajistas del ciclo la inmigración puede pasar de remedio parcial a agravante de algunos de los problemas que, de forma latente, ya padece nuestra economía.
Así, hay que insistir en la necesidad de acometer cuanto antes las reformas estructurales por las que el Círculo de Empresarios viene abogando desde hace ya tiempo. Una economía más dinámica, flexible y competitiva es capaz de generar prosperidad para todos los que la integran, población inmigrante y autóctona. La adopción de las reformas que precisa nuestra economía para ser más competitiva reduciría la presión a que se verá sometida la política inmigratoria en un futuro no muy lejano. 

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Por supuesto, las propias políticas inmigratorias pueden y deben contribuir a ello. La evidencia internacional demuestra que las consecuencias económicas de la inmigración tienden a ser positivas, sobre todo si la entrada y la integración de los trabajadores inmigrantes a medio plazo se gestionan mediante un modelo coherente con las necesidades y capacidades de la sociedad receptora. La política de inmigración debe regular el flujo de entrada y facilitar la inserción de los inmigrantes a través de la adopción de una visión realista –hay que reconocer las dificultades, ya que España, como cualquier país, sólo puede acoger un número limitado de inmigrantes-, pero con proyección hacia el futuro –debe aspirar a hacer su aportación a la configuración de un entorno de auténtica prosperidad para todos-. 
Desde el reconocimiento tanto del derecho de las personas a emigrar, como del carácter a menudo de drama personal y social que la inmigración conlleva, pero admitiendo los condicionantes antes señalados, parece claro que la política inmigratoria debe buscar un equilibrio entre tres elementos que no resultan fáciles de conjugar: apertura, control e integración. Apertura para que lleguen a España los inmigrantes cuyo trabajo y talento favorezcan el crecimiento sostenido de nuestra economía; control y firmeza para que la inmigración sea un proceso ordenado, en el que no se permita la ilegalidad ni la irregularidad; y por último, integración, para que se logre la cohesión social de la que puedan participar todos los ciudadanos, inmigrantes y nacionales. El equilibrio de esos tres elementos redundará en una sociedad más próspera y cohesionada.

Para alcanzar ese triple objetivo, la política inmigratoria se debe plantear en dos grandes frentes: la gestión de las personas inmigrantes que ya están instaladas en el país –promoviendo su integración en la sociedad y la economía- y la gestión de los flujos futuros de inmigración -número, origen, formación, etc.-, aspectos ambos muy condicionados por la inmigración ilegal. Y todo ello teniendo en cuenta las consideraciones que se derivan de nuestra pertenencia a la Unión Europea y al Espacio Schengen.

A la luz de la experiencia internacional y de grandes dosis de realismo (no hay una fórmula perfecta en ningún país del mundo), se propone la adopción de un modelo mixto para lograr una combinación adecuada de apertura y control. En él se combinarían mecanismos para la atracción eficaz de inmigrantes cualificados con otros que permitan gestionar mejor la entrada de inmigrantes de menor cualificación, desincentivando la entrada ilegal. 

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La atracción de inmigrantes cualificados es muy importante para la economía española, necesitada de un cambio de modelo que potencie el desarrollo de sectores con mayor valor añadido (y que puedan tomar el relevo de la construcción y determinados servicios como locomotoras del crecimiento). Por ello, pueden adoptarse diversas medidas, como la agilización de los trámites administrativos para la contratación de este tipo de inmigrantes (de manera similar al sistema por puntos de diversos países anglosajones) o la introducción de sistemas que permitan su acceso a las universidades (como profesores o investigadores).

En el caso de los inmigrantes de baja cualificación, parece evidente que el sistema de contingentes ha quedado superado ampliamente por la realidad. Sería así conveniente mejorar su gestión y hacer especiales esfuerzos de coordinación y control interno en el caso de los trabajadores temporales.

La combinación de sistemas más ágiles de contratación de inmigrantes antes de su llegada a nuestro país, junto con mecanismos de control interno, una mayor persecución de la economía sumergida y medidas específicas de repatriación, son todos ellos elementos que pueden ayudar a enfrentarse a uno de los retos más complejos: la inmigración ilegal. 

Además de la apertura y control a través de la gestión de los flujos, la política de inmigración debe aspirar a la integración de los que están ya instalados en nuestro país. Es decir, esta política ha de pasar a la fase de maduración que sigue a las etapas iniciales del fenómeno. En este mismo sentido de la maduración de las políticas inmigratorias, el reconocimiento del carácter multidimensional debería plasmarse en una estructura única, que coordine las múltiples responsabilidades en materia de inmigración, hoy tan dispersas.

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En términos generales, parece evidente que las dificultades a que deberá hacer frente la política de inmigración en los próximos años no serán menores a las del pasado. Sin embargo, sí serán diferentes, destacando en especial la importancia (y la necesidad) de integrar con éxito a las personas que llegan a nuestro país, de manera que se evite la percepción de la inmigración como algo negativo y peligroso ya que avanzamos con rapidez hacia una sociedad multicultural cuya estabilidad dependerá de nuestra capacidad de convivencia. Por ello, hay que realizar esfuerzos en el ámbito educativo (para mejorar la integración de la segunda generación) y en el de la formación (para incrementar la adaptabilidad de los que ya están trabajando y que podrán verse afectados por el cambio de ciclo). En esta misma línea, la educación debe convertirse en la principal herramienta para superar una de las dificultades más persistentes en el logro de una auténtica integración social: los estereotipos y prejuicios con que nativos e inmigrantes se ven mutuamente.  

(1) Véase el documento publicado aquel año por esta institución: “El fenómeno de la inmigración: Aportación a un debate” (Círculo de Empresarios, 2001).

Autor

Comité Especifico sobre Inmigración

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