Autor/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Ponente/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Lugar:
XVI CONFERENCIA INTERNACIONAL DE ORGANIZACIONES EMPRESARIALES PRIVADAS
XVI CONFERENCIA INTERNACIONAL DE ORGANIZACIONES EMPRESARIALES PRIVADAS
D. MANUEL AZPILICUETA FERRER
Presidente
CIRCULO DE EMPRESARIOS
“THE GLOBAL ECONOMY: PROSPECTS FOR GROWTH
The view from Europe”
Es bien sabido que el crecimiento económico, en los modelos típicos, depende esencialmente de dos factores: el crecimiento de la población, en cantidad, calidad e intensidad, y los avances tecnológicos. Naturalmente, cuentan también otros elementos como la acumulación de capital físico y humano y el capital empresarial, responsable de la gestión y asignación eficiente de ambos factores y de la capacidad para aplicar los nuevos conocimientos y tecnologías. Ahora bien, para que todo eso se combine y conjugue eficazmente, es necesario además generar un entorno económico, cultural y social de libertad y una escala de valores que incentive aspectos como la creatividad, la asunción de riesgos, la investigación, la flexibilidad de mercados, etc.
Recientemente, el progreso tecnológico y un entorno de economía globalizada y de mayores grados de libertad han sido los responsables de un crecimiento espectacular de la renta y del bienestar de nuestro planeta. En el siglo XX la población mundial se multiplicó por cuatro, mientras que el PIB real aumentó 20 veces. Por otra parte, se ha acelerado el ritmo de duplicación de la renta de los países. Así, en China la renta por habitante sólo ha tardado 17 años en duplicarse, en tanto que a Japón le costó 34 esa duplicación, a Estados Unidos, 45 años y al Reino Unido, 58, partiendo en todos los casos de rentas iniciales similares. Los datos que publica Naciones Unidas muestran una progresiva disminución de la pobreza a nivel mundial y un aumento de la esperanza de vida, del índice de alfabetización, de la renta por habitante o del llamado “índice del desarrollo humano”.
Un importante estudio del Profesor Sala y Martín, de la Universidad de Columbia, destaca que la tasa de pobreza absoluta -aquellas personas que viven con menos de 1 dólar al día- ha bajado del 20 al 5% en los últimos 25 años. La de aquellos que viven con menos de 2 dólares al día ha descendido del 44 al 18%. Por su parte, el número de pobres oficiales en el mundo se ha reducido en 400 millones desde los años 70. Todo ello apunta a la incidencia extraordinariamente favorable que ha tenido la globalización económica en el último cuarto de siglo sobre el nivel de bienestar de todos los países.
Algunos subrayan, sin embargo, que ha aumentado la desigualdad de rentas entre países pobres y ricos, pero todos los índices al uso indican justamente lo contrario, si bien hay que admitir que la reducción de las desigualdades proviene en gran medida de la alta tasa de crecimiento de los ingresos de los 1.200 millones de ciudadanos chinos.
Sinceramente, creo que, con los datos disponibles, nadie tiene derecho a poner en duda que la globalización ha supuesto un avance espectacular de bienestar para todo el mundo. Desde un enfoque puramente racional, parece lleno de lógica que la globalización sea en sí misma un fenómeno positivo, ya que permite aplicar a nivel mundial una mejor asignación de recursos y transmitir a gran velocidad las técnicas y los conocimientos de unos países a otros.
El posible conflicto entre globalización y crecimiento o entre globalización e igualación de rentas se da fundamentalmente en el continente africano, en el que se concentra el 95% de los pobres del mundo. Curiosamente, ha sido también allí donde se ha concentrado la mayor parte de las ayudas al desarrollo, hasta el punto de que esas ayudas han llegado a representar por término medio el 17% del PNB de las naciones africanas.
La explicación de esta aparente paradoja es que Africa ha recibido ayudas, pero no ha participado realmente en el proceso de globalización. Porque, en efecto, no es el volumen de ayuda lo que cuenta, sino el esquema de incentivos vigente en los países receptores. De nada sirven unas ayudas cuya administración y gestión queda en manos de gobernantes corruptos y que aplican políticas económicas contrarias a la idea del libre mercado. Para que los beneficios de la globalización alcancen a esos países, es preciso que cuenten con unas instituciones y adopten unas políticas adecuadas. En caso contrario, el propio proceso de globalización puede, en una grotesca contradicción, contribuir a empobrecer a amplios sectores sociales en esos países, mientras se enriquecen unas exiguas minorías dirigentes.
El profesor Lord Bauer, uno de los mejores especialistas del mundo en economía del desarrollo y reciente Premio Milton Friedman para el Avance de la Libertad, sostiene que las personas de bajos ingresos pueden por su propio esfuerzo salir de la pobreza si los gobiernos son capaces de proteger su libertad económica y personal. Cuando los ciudadanos tienen libertad de elección y son capaces de asumir las consecuencias de esa libre elección, como ocurre en los sistemas de mercado libre y propiedad privada, serán capaces de mejorar su nivel de bienestar con mucho más éxito que si dependieran del Estado.
En la misma línea de pensamiento, el Profesor Gual, del IESE (España), afirmaba recientemente que “la apertura de mercados, la libertad de iniciativa empresarial y personal y la libre circulación de personas, capitales e ideas son poderosas herramientas de cambio social, que promueven la libertad y la creatividad de la persona humana, la igualdad de oportunidades y la generación de riqueza y bienestar”. Y es que, en efecto, la auténtica globalización tiene que ser una globalización en libertad, aunque ello comporte algunos riesgos. La libertad en las relaciones humanas, económicas o de cualquier otro carácter, obliga a asumir mayores cuotas de responsabilidad. La apertura y liberalización de los mercados aumenta el nivel de competencia y, con ella, la sensación de inseguridad económica. Es un pequeño precio a pagar si lo que se consigue a cambio es mayor libertad, más oportunidades para todos, eliminando injusticias y privilegios, y, en último término, un mayor progreso económico y social.
Por el contrario, la globalización tendrá efectos muy poco positivos, si no negativos, en los países menos desarrollados que se rijan por sistemas económicos de corte socialista o con un alto grado de intervencionismo. Es el ejemplo que nos ofrecen las naciones del Africa Subsahariana.
En definitiva, las razones por las que los beneficios de la globalización económica no se han extendido todavía a Africa hay que buscarlas, dejando a un lado las guerras, en:
· La falta de unas instituciones políticas y sociales adecuadas.
· La existencia de regímenes dictatoriales o socialistas.
· La corrupción y la malversación política y económica.
· Y el fracaso consiguiente de las medidas y del control de la ayuda al desarrollo.
Me parecía importante hacer estas consideraciones antes de entrar en la materia sobre la cual se suponía debía hablarles hoy: las perspectivas de crecimiento de la economía global desde el punto de vista europeo. Pues bien, creo que esas perspectivas dependerán de cuáles sean las alternativas políticas y económicas que vayan a triunfar finalmente en Europa en los próximos años.
Por un lado, tenemos el planteamiento de una Europa que apueste por la libertad de mercado, por la libertad de empresa y por políticas económicas basadas en la competencia fiscal entre naciones, bajos impuestos, bajo gasto público, estado de bienestar enfocado hacia las personas que realmente lo necesitan, mercado de trabajo flexible y mercados de factores y productos liberalizados y competitivos. Es el modelo originalmente anglosajón, al que se han sumado países como Italia, Irlanda y España, del que se derivaría un salto hacia delante significativo para Europa en términos de crecimiento, de empleo y de bienestar.
La alternativa es profundizar en el actual modelo de la Europa continental fuerte, en el llamado “pensamiento único intervencionista”, que sólo puede conducir a una baja productividad y competitividad, a un reducido crecimiento del empleo, a la euroesclerosis y a un alejamiento progresivo de Estados Unidos en cuanto a niveles de renta y progreso.
Ese es el dilema al que se enfrenta Europa, donde fuerzas conservadoras de derecha o de izquierda, como se demostró en la reciente Cumbre Europea de Barcelona, están tratando de bloquear las reformas estructurales necesarias para el relanzamiento europeo. El mantenimiento a toda costa de instituciones como la política agrícola comunitaria, del llamado acervo comunitario o de las barreras a la libre inmigración de los trabajadores de los futuros países europeos del Este, son símbolos de una Europa que huye de la economía global y que se empeña en poner zancadillas a las libertades y al progreso.
Sin embargo, la generalización del crecimiento económico y la extensión de los beneficios de la globalización a todos los países, no sólo requiere que Europa adopte modelos económicos más o menos liberales como los del Reino Unido, Irlanda o Estados Unidos. Es preciso simultáneamente que todos los países desarrollados abran sus mercados a los productos de los países en vías de desarrollo. Textiles, calzados y productos agrícolas siguen sometidos a multitud de restricciones por parte del mundo desarrollado, tanto en forma de aranceles desorbitados como de contingentes, regulaciones sanitarias o falsos “dumping” sociales o medioambientales.
Es una locura y una gran injusticia que los ganaderos del Norte de Tanzania tuvieran que tirar a la basura 40 millones de litros de leche mientras en los supermercados de Dar es Salaam se vendía leche holandesa cuya exportación está subsidiada por la Unión Europea. La supresión de todas las barreras al comercio a que se enfrentan los países subdesarrollados les proporcionaría, según estimaciones dignas de crédito, un beneficio de 100 billones de dólares anuales, más del doble que la ayuda al desarrollo que hoy reciben esos países. Y los propios países ricos pronto se darían cuenta de los beneficios adicionales que se derivarían para ellos mismos de esa liberalización de mercados.
En conclusión, me gustaría terminar con unos pocos mensajes muy claros:
1) Los beneficios de la globalización son evidentes, tanto para los países ricos como para los pobres. Existe una correlación directa entre globalización económica y crecimiento.
2) Es una falacia lo que se presenta de forma insistente como perjuicios de la globalización. Dichos perjuicios se deben a la existencia de gobiernos corruptos, políticas económicas de corte intervencionista y a la falta de instituciones políticas y civiles adecuadas.
3) Europa tiene que elegir entre las libertades y el intervencionismo para decidir su propio éxito y su propio papel en el proceso de globalización y crecimiento en el que estamos inmersos. Y
4) Esa misma Europa, junto con los demás países desarrollados, deberá seguir apoyando a los países pobres asegurándose de que las ayudas son bien gestionadas y, sobre todo, desarmando sus aranceles e impedimentos contra los productos de esos países y abandonando sus políticas proteccionistas, internas y externas. Sólo así podrán transmitirse los beneficios de la globalización a todas las naciones y podrá acabarse con la pobreza en el mundo.
Muchas gracias, señor Presidente.


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