Autor/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Ponente/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Lugar:
CONFERENCIA “FUTUROS RETOS DE LA UE: PUNTOS DE VISTA DESDE ESPAÑA Y ALEMANIA”, ORGANIZADA POR EL DIARIO ALEMÁN FRANKFURTER ALLGEMEINE ZEITUNG
CONFERENCIA “FUTUROS RETOS DE LA UE: PUNTOS DE VISTA DESDE ESPAÑA Y ALEMANIA”, ORGANIZADA POR EL DIARIO ALEMÁN FRANKFURTER ALLGEMEINE ZEITUNG
“CRECIMIENTO ECONOMICO Y GENERACION DE EMPLEO EN EUROPA. REFORMAS FISCALES Y ESTRUCTURALES: SU EFECTIVIDAD, SUS REPERCUSIONES SOCIALES”
Intervención del Presidente del Círculo de Empresarios
D. Manuel Azpilicueta
(Madrid, 10 de Julio de 2002)
Excmo. Sr. Ministro, Sr. Moderador, Señoras y Señores,
Cuando me enfrenté por primera vez con el título de esta mesa redonda, pensé que mi tarea era bastante sencilla. Bastaba con hacer una altisonante declaración cantando las virtudes del reformismo económico y salpicarla con los buenos ejemplos de Irlanda y de nuestro propio país. Pero enseguida se me ocurrió una idea más sugestiva, menos literaria, más práctica y, desde luego, más atrevida, que es la que ustedes van a sufrir durante un cuarto de hora. Se me ocurrió que a lo mejor podía disponer de algunos datos estadísticos que mostrasen una relación positiva entre reformismo y crecimiento económico y del empleo. Lo intenté y aquí estoy con el resultado, que no pretende (lo advierto desde el principio) tener un valor académico ni mucho menos científico, sino modestamente aportar unas cuantas evidencias empíricas que ayuden al debate de esta mesa.
El primer problema era que, así como el crecimiento y el empleo son magnitudes que pueden medirse, las reformas no son fácilmente mensurables. Y el segundo problema es que las relaciones entre todas las variables que vamos a considerar aquí son tan complejas que cualquier simplificación excesiva puede ser casi equivalente a una manipulación. Con estas limitaciones, vamos al ejercicio, con ayuda de algunos cuadros numéricos.
Comenzaré por las reformas fiscales, que se dejan medir y que he sintetizado en un cuadro de variaciones de tipos máximos y mínimos del Impuesto sobre la Renta correspondiente a nueve países europeos y las dos grandes potencias mundiales, EE.UU. y Japón. Entre los europeos, he seleccionado a los tres que se han ganado últimamente la fama de reformistas (UK, Holanda e Irlanda), a dos que tienen la fama contraria (Francia y Alemania), a tres países escandinavos cuyas reformas fiscales han ido bastante paralelas y, por supuesto, a España.
Como pueden ustedes ver, todos los países considerados (y también otros desarrollados no seleccionados) han bajado los tipos en los últimos 20 años, unos con más intensidad que otros. En la tabla están ordenados de mayor a menor rebaja impositiva, dejando aparte a EE.UU. y Japón para poder comparar mejor a los europeos. Y este mismo orden es el que regirá en las otras cinco tablas que les voy a mostrar.
Una primera apreciación es que, efectivamente, los países reformistas hacen honor a su reputación y son los que más han bajado los impuestos. No es que baste bajar los impuestos para adquirir naturaleza de reformista (véase el ejemplo de Japón), pero los reformistas los bajan y los no reformistas (Alemania y Francia), los bajan muy poco. Sorprende en esta tabla que muchos países han mantenido los tipos mínimos, con la excepción de Reino Unido, que los ha bajado fuertemente, y de los países escandinavos, que los han subido en parecida medida que han bajado los máximos, cerrando con ello muy intensamente el abanico de tipos.
Pero pasemos a la tabla 2 que es lo que nos interesa y que recoge, en el mismo orden, el crecimiento del PIB real de los últimos 10 años. Esta tabla la encabeza también, de forma impresionante, Irlanda y se observa (con la única excepción de Suecia) que todos los países que han reducido los tipos tanto o más que España, han crecido, igual que España, más de un 30% en los últimos 10 años. Por debajo de esa marca quedan precisamente los países que menos han reducido los tipos impositivos.
Ya he dicho al principio que no pretendo que se le reconozca carácter científico a este ejercicio, que hay muchos otros factores en juego, etc., pero los datos parecen indicar con cierta elocuencia que bajar los impuestos beneficia el crecimiento. Las excepciones más marcadas son EE.UU. y Japón, a su vez contrarias entre sí, pero tienen sus respectivas explicaciones en las que no tenemos tiempo de entrar.
En la tabla 3 figura la variación del empleo en los últimos 5 y 10 años para los mismos países y en el mismo orden. Dejando aparte el caso irlandés, cuyas cifras, de nuevo, parecen de otro mundo, la evolución del empleo no presenta paralelismo con el crecimiento económico ni con las rebajas fiscales, ya que las cifras no muestran un orden descendente. Más bien parece que la creación de empleo está condicionada por otros factores, por ejemplo, el grado de liberalización del mercado de trabajo.
Quitando a Irlanda, los dos países que más han aumentado su empleo son España y Holanda, sobre todo en los últimos 5 años. Japón y Alemania figuran en el furgón de cola. Tanto España como Holanda son reconocidos como países cuyo mercado de trabajo se ha liberalizado más, aunque lo han hecho por distintas vías. En el caso holandés, que conozco peor, el desarrollo del empleo temporal, el de tiempo parcial y el establecimiento de un sistema de pensiones basado en la capitalización han sido las principales claves de la reforma. El caso de España, con la venia del Ministro, es distinto. El mercado de trabajo se ha fragmentado en dos segmentos: el de los contratos temporales, que creció inicialmente en la primera mitad de los 90 con enorme vigor, y el de los contratos definitivos, que sólo empezaron a crecer en la segunda mitad de los 90, en parte, sin duda, por la transformación en fijos de contratos temporales. Habría sido mejor liberalizar el mercado en lugar de fragmentarlo, pero la ceguera sindical y la cautela de los gobiernos lo han impedido. Una ceguera sindical, por cierto, que ha vuelto a estar presente en la reciente convocatoria de huelga general.
España es, así, un caso curioso: su mercado laboral es tan rígido e intervenido y se han introducido en él reformas tan tímidas que ha sido preciso inventarse un mercado paralelo para hacer posible el formidable crecimiento del empleo y del PIB en los recientes años. Bienvenida sea esa especie de liberalización espontánea y lástima que, como Holanda, no hayamos implantado un sistema de pensiones de capitalización. El día que lo hagamos daremos un nuevo y fuerte impulso al empleo.
En la tabla 4 utilizo el Índice de Libertad Económica del Instituto Fraser como representativo de reformas menos mensurables que las fiscales. En ella se muestra el nivel del índice en el año 2000 y las variaciones que ha experimentado en tres períodos: los últimos 30 años, los últimos 10 y los últimos 5. Es curioso observar que Francia, por ejemplo, dista más de un punto de Reino Unido e Irlanda, los dos países con más libertades económicas de Europa. O que EE.UU. saca casi un punto a la media europea, por debajo de la cual se sitúa Japón. Se ve también cómo Irlanda concentra su esfuerzo liberalizador en la década de los 90 y, en cambio, en Reino Unido las cosas ocurrieron antes (la influencia de Mrs. Thatcher), aunque continuaron a buen ritmo los años siguientes. Curioso también el caso de Alemania, donde el grado de libertad económica ha descendido en los últimos 30 años, iniciándose un esfuerzo renovador en los 5 últimos. O el de Japón, donde todo el progreso de 30 años hacia atrás tiene lugar en los 5 más recientes. Y vale la pena un comentario sobre España, que siendo el penúltimo de Europa en nivel absoluto (detrás de Francia), es cuarto en avances durante los postreros 30 años, subcampeón en los últimos 10 y campeón absoluto en el lustro más reciente. Pero, por encima de todas estas consideraciones, lo que me importa destacar es que esta tabla sí tiene un signo claramente descendente, en lo que se refiere a Europa, como lo tenían las tablas 1 y 2. Es decir que parece existir una relación positiva entre reformismo, libertades y crecimiento.
Y pasamos ya a la última proyección, en la que he recogido algunos de los más relevantes subíndices del Índice de Libertad Económica. Tanto éste como aquéllos pueden leerse como unas calificaciones escolares entre 0 y 10. Las cifras de este cuadro darían lugar a multitud de comentarios, para los que no tenemos mucho tiempo. Por ejemplo, toda Europa, salvo Irlanda y Reino Unido, obtiene un suspenso en tamaño del Estado, donde el único notable es para EE.UU. En general, todos tienen excelentes calificaciones en mercado de capitales, con notas más descolgadas para Japón y Alemania, lo cual bien podría explicar parcialmente la persistente crisis japonesa. El conjunto de Europa suspende en la asignatura de mercado de trabajo, que nosotros pasamos con aprobado raspado y donde el campeón europeo es Reino Unido, casi al nivel de EE.UU. Y, finalmente, está la columna del marco regulatorio empresarial, donde el alumno más torpe es España, es decir, somos el país en el que las empresas encuentran mayores obstáculos burocráticos y administrativos para su funcionamiento.
Pido disculpas por este aluvión de cifras y por la imposibilidad de extraer, en el tiempo de que disponemos, muchas más conclusiones interesantes, pero sí quiero subrayar cinco que me parecen importantes, lícitas y lógicas.
Primera: Europa ha bajado sus tipos impositivos máximos en los últimos años y los mayores crecimientos económicos se han dado precisamente en aquellos países que más han reducido esos tipos.
Segunda: los europeos tenemos una mala nota en cuanto al tamaño del Estado. Seguimos soportando una presión fiscal excesiva que sin duda penaliza el crecimiento de nuestras economías. Varios países hemos conseguido equilibrar las cuentas públicas, pero ese logro, al que no deseo restar un ápice de relevancia, se ha obtenido más por la vía de incrementar los ingresos que por la de reducir los gastos. Esto desanima la inversión. Para crecer más, los europeos necesitamos reducir el tamaño del Estado y, consiguientemente, la presión fiscal.
Tercera: el crecimiento económico no termina de trasladarse al empleo si no se liberaliza más el mercado de trabajo. En ausencia de esa liberalización, no se conseguirá que los beneficios de la expansión alcancen a un mayor número de ciudadanos.
Cuarta (extraída del ejemplo de Holanda): las cuentas públicas no estarían en equilibrio, en aquellos países en que aparentemente lo están, si se contabilizasen las contingencias que conlleva un sistema de pensiones de reparto. Es urgente empezar a dar pasos hacia sistemas de pensiones de capitalización que eliminarían esas contingencias y además abaratarían los costes laborales, creando empleo.
Y Quinta: Irlanda nos ha ofrecido una ejecutoria impresionante de la mano de reformas fiscales y un largo rosario de medidas liberalizadoras. Ello debería animarnos a los demás europeos a seguir su filosofía liberalizadora, a examinar cuántas de sus actuaciones deberíamos imitar y a emprender en cada país las particulares reformas más demandadas y urgentes, que todos, más o menos, sabemos cuáles son.
Una última reflexión de dimensión paneuropea antes de terminar. Europa no debe obtener su crecimiento a costa de otros países, porque ni es posible ni es deseable. Las fortísimas subvenciones y barreras al comercio en productos tales como los agrarios o los textiles perjudican tanto a aquellos países capaces de producirlos más eficientemente que nosotros como a nuestros propios consumidores, que pagan precios artificialmente inflados por esos productos, como a nuestros contribuyentes, que tienen que financiar las subvenciones, como a nuestras cuentas públicas, que tienen que darles cabida, como a nuestras economías, cuyo crecimiento se ve frenado por la presión fiscal. La supresión de esas barreras y subsidios redundaría en beneficio de todos ellos y de una más eficiente asignación de recursos en la Europa Unida. Esto último puede parecer que no estaba en el guión, pero era interesante recordarlo como una reforma más, esta vez a nivel europeo, de las muchas que están pendientes para construir una Europa, no sé si mayor, pero sí mejor.


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