Autor/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Ponente/es:
Manuel Azpilicueta Ferrer
Lugar:
CURSO DE VERANO APIE-EL ESCORIAL
CURSO DE VERANO APIE-EL ESCORIAL SOBRE
“EL BUEN GOBIERNO DE LAS EMPRESAS. LECCIONES DEL CASO ENRON”
San Lorenzo del Escorial, 15 de julio de 2002
Por
Manuel Azpilicueta
Presidente
CIRCULO DE EMPRESARIOS
Buenas tardes a todos. Voy a comenzar mi intervención con un planteamiento que a primera vista pudiera parecer alejado del objeto de esta mesa redonda, pero no puedo evitarlo porque a mí me enseñaron mis educadores a bucear en las raíces de los problemas y no entretenerme tanto en sus manifestaciones o en sus efectos. Y lo que está pasando, con el caso Enron y otros similares, tiene una causa profunda muy clara cuya identificación y análisis debería ser el pórtico de nuestras disquisiciones posteriores.
Me refiero a lo siguiente. El sistema de capitalismo democrático, por el que se rigen los países más avanzados del planeta y que se pone en cuestión cada vez que surge un caso Enron, se asienta sobre tres subsistemas:
- La democracia liberal y el imperio de la ley como base del sistema político e institucional.
- Una economía de libre mercado y libre empresa como base del sistema económico.
Y
- Un sistema ético-cultural cuyos principios y valores enmarcan el funcionamiento de los otros dos sistemas.
Es decir, el capitalismo democrático es un trípode con tres patas interrelacionadas: un sistema económico, un sistema político-jurídico y un sistema ético-moral. Si una de esas patas falla, el conjunto corre el riesgo de venirse abajo. Y esto es lo que ocurre cada vez que casos como el de Enron golpean nuestras conciencias: que está fallando la pata del sistema ético, que estamos perdiendo las referencias de los buenos valores y principios. Hoy reina entre nosotros una cultura que otorga un reconocimiento social a los que más tienen, favoreciendo el afán de enriquecimiento con menosprecio a los medios que se utilicen para ello, una cultura que premia la ostentación y hasta el mal gusto, que acepta la difamación y la zancadilla para escalar peldaños en la sociedad, que disculpa el cohecho o la obtención de privilegios económicos, que olvida la investigación científica al tiempo que financia programas-basura en las televisiones públicas o que da la espalda a la familia como célula básica por la que se transmiten valores en cualquier sociedad.
Tampoco el sistema político-jurídico transmite siempre ideas que favorecen la libertad y la responsabilidad individuales o la iniciativa empresarial. Las organizaciones políticas están demasiado sesgadas a favor del Estado y demasiado poco en favor de la sociedad civil. Se imponen leyes y reglas de juego que indican una desconfianza de principio hacia la iniciativa privada o se favorecen monopolios legales y privilegios que dificultan el funcionamiento de los mercados.
Es decir que cuando, con tanta frecuencia como superficialidad, se habla del fracaso del capitalismo o de la quiebra del sistema de mercado, en realidad se está achacando al sistema económico los fallos de los otros dos sistemas: el ético y el político. Y, por si fuera poco, esos fallos se utilizan para defender mayores regulaciones e intervenciones que terminan alterando gravemente el funcionamiento del sistema económico.
Desde los escolásticos de los siglos XV y XVI hasta los economistas austriacos, pasando por supuesto por Adam Smith, se ha afirmado siempre que la economía de mercado no puede funcionar sin un sistema de leyes y reglas jurídicas y políticas, y sin un sistema ético que defina los límites de la acción humana en los ámbitos económico y político. Los fallos que están saliendo a la luz son fallos de aquellos que actúan en la economía capitalista con abandono y desprecio de unas reglas éticas, que están siendo sustituidas por la permisividad y por un nefasto relativismo moral en todos los niveles de la vida social. Esa es la auténtica raíz de los problemas tipo Enron y sobre esa raíz deberemos actuar.
Pasando de las raíces al tronco y a sus ramificaciones, está claro que los sistemas de autorregulación existentes desde hace ya bastantes años para prevenir casos como el que hoy comentamos han demostrado sus limitaciones y sus carencias. Se han producido tres quiebras notables: una, entre el sistema de gestión de las empresas y el sistema de control externo, es decir, entre gestores y auditores; otra, entre los sistemas de información a los accionistas y los asesores financieros institucionales, o sea entre gestores y analistas; y una última, entre los equipos ejecutivos y los encargados de la contabilidad, es decir, entre gestores y contables. En los tres casos, la connivencia entre esos grupos de individuos ha quebrado los principios éticos en los que precisamente se basa la economía de mercado, en especial, la honestidad, la veracidad y la transparencia que los gestores deben a sus accionistas y al mercado. Y a esos fallos convendría añadir, por supuesto, la incapacidad de los Consejos de Administración para controlar adecuadamente a los equipos ejecutivos que han delinquido.
Ahora bien, a la hora de preguntarse por las soluciones es preciso actuar con mucha prudencia y con buen juicio, sin dejarse llevar por recetas simplistas e intervencionistas que nos prometan garantías al 100% de eficacia cuando de lo que se trata es de erradicar comportamientos faltos de ética, que son sencillamente propios de la naturaleza humana. La tentación reglamentista aflora enseguida, pero no se puede eliminar la delincuencia por la vía de encarcelar a todos los ciudadanos ni existe un “bálsamo de fierabrás” capaz de meter en vereda a los gestores empresariales corruptos por la vía de las regulaciones, aunque sí por la vía de las represalias judiciales. En otras palabras, el que la hace tiene que pagar todo lo que la sociedad pida que se pague, pero no impongamos reglas tan estrictas que resulten paralizantes. En esta materia, como en el juego de las siete y media, es malo quedarse corto, pero es mucho peor pasarse.
Recientemente, porque la preocupación está en el ambiente, hemos empezado a escuchar propuestas en la dirección de legislar reglas muy severas que corren el peligro de actuar como las miles de ataduras que impedían moverse a Gulliver, y también se van escuchando otras, mucho más sensatas, en la línea de continuar fomentando la autorregulación y actuar judicialmente, con la dureza precisa, contra los infractores.
El Círculo de Empresarios publicó, hace siete y seis años respectivamente, sendos documentos que fueron pioneros sobre esta materia y que constituyeron el embrión de lo que sería el Informe Olivencia. En ellos se contemplaban ya recomendaciones que han alcanzado plena vigencia en la actualidad respecto del funcionamiento y composición de los consejos de administración y de sus comisiones delegadas, de la retribución de los consejeros, de la conveniencia de aprobar códigos de conducta y un largo etcétera con el que no quiero cansarles a ustedes. Sensible a la preocupación que está en la calle, el Círculo ha creado recientemente un Comité específico para volver a repasar su posición y sus recomendaciones en esta delicada materia. Estamos trabajando intensamente más de una veintena de socios en esta tarea y, dada la proximidad de las vacaciones de verano, habrá que esperar hasta el mes de octubre para que podamos alumbrar un nuevo documento. Sería temerario por mi parte anticipar la postura del Círculo en este foro, pero les puedo adelantar sin riesgo de equivocarme que nuestras opiniones irán en la línea de fortalecer la autorregulación y la respuesta judicial, proponiendo códigos de conducta más severos, y no tanto en la dirección de endurecer las limitaciones jurídicas al funcionamiento de las empresas y de sus órganos de gestión.
Seguramente habrá que revisar los informes Olivencia, haciéndolos más exigentes, y es posible que quepan algunas modificaciones legislativas en la misma línea, sobre todo para castigar a los que infringen las normas, pero hay evitar por todos los medios caer en la tentación reglamentista “ex – ante” y apostar por las normas “ex – post”, so pena de dañar para siempre la esencial función del mercado a la hora de premiar y castigar comportamientos.
En este contexto, me preocupa observar reacciones como las que ha reflejado la prensa hace pocos días comentando las medidas que tiene en preparación el Ministerio de Justicia. Temas como limitar por ley la edad de los consejeros, obligar a separar los cargos de presidente y consejero delegado, fijar la proporción de consejeros independientes en los consejos, declarar nulas las cláusulas de blindaje de directivos o limitar el número de consejos de administración a los que se puede pertenecer, son buenos ejemplos de un frenesí hiperregulador que, francamente, no tiene el menor sentido, sin entrar en su posible anticonstitucionalidad. Fíjense ustedes que, en cambio, en el país donde estos escándalos se han producido, EE.UU., su Presidente ha saltado al ruedo con un programa de 17 puntos en el que existe un fuerte contenido de perseguir al defraudador empresarial, de fortalecer los procesos de investigación de fraudes, de fomentar la transparencia, etc., pero nada o casi nada de prohibiciones o limitaciones legislativas.
Retomando el inicio de mi intervención, quiero volver a subrayar que la raíz de lo que está pasando no está realmente en las actuaciones incompetentes y/o corruptas, pero puntuales, de directivos, contables, auditores, analistas o consejeros. El fondo de la cuestión es el resquebrajamiento de un sistema ético-moral-cultural en nuestra sociedad. Y la clave para el futuro está en reformar en profundidad ese sistema empezando desde abajo, desde la familia, la escuela y la universidad, es decir, desde el conjunto de nuestro sistema educativo. Tenemos que iniciar con fuerza un proceso de regeneración ética en todos los órdenes de la vida y muy particularmente en la vida económica. Para contribuir modestamente a ese propósito, me atrevo a proponerles a ustedes una especie de decálogo en el que se sintetizan los más importantes cambios en los que debería materializarse la transformación moral y cultural que necesitamos.
(VER TRANSPARENCIA ÚLTIMA PÁGINA)
El decálogo que les propongo figura en la transparencia que tienen en la pantalla y que casi no necesita explicación. Me limitaré a comentar brevemente cada casilla y anticipo que el orden no tiene ningún significado en cuanto a importancia o prelación, son simplemente diez ideas sobre las que creo tenemos que reflexionar y que están pensadas específicamente para el caso de España.
En primer lugar, me parece conveniente que la sociedad española siga transformando su hasta hace poco cultura de seguridad hacia una cultura de riesgo, la primera, propia de sociedades esclerosadas y dominadas por sistemas burocráticos muy potentes al estilo de la Francia actual y la segunda, más favorecedora de la creatividad y del emprendimiento. Cuando yo terminé mi carrera, hace ya demasiados años, nuestra sociedad nos impulsaba a hacer unas oposiciones al Estado, porque esa era la forma más segura de garantizarnos el futuro. Hoy, todavía, los recién licenciados sienten más inclinación por trabajar en una gran compañía multinacional que por montar su propio negocio. Hay que seguir fomentando este cambio cultural entre nuestros jóvenes si no queremos perder el tren del progreso.
En segundo lugar, hay que favorecer la cultura del largo plazo frente a la del corto plazo. En el contexto actual, ha sido precisamente la obsesión de los resultados a corto plazo o del logro de unas determinadas cotizaciones bursátiles lo que ha llevado a directivos sin escrúpulos a maquillar la realidad contable de sus empresas. Necesitamos una cultura empresarial que persiga la creación de valor para los accionistas a largo plazo y no esté tan pendiente del valor de las stock options, una cultura que se asemeje a la del corredor de fondo, más que a la del sprinter oportunista que pone en riesgo el buen fin de la larga carrera.
En tercer lugar, hay que imponer una cultura de la honradez y de la verdad como cimientos del crecimiento empresarial frente a una cultura del engaño, en la que “todo vale” a la hora de justificar los medios que se utilizan para obtener un beneficio inmediato.
El cuarto punto del decálogo se refiere a que tenemos que abrazar una cultura global abandonando gradualmente nuestra cultura local o localista, dejando de lado trasnochados conceptos de proteccionismo y de formación de guetos de cualquier tipo y aceptando la idea de que las economías producen más frutos y para más personas cuando funcionan en un mundo abierto a la competencia, sin barreras al comercio.
En quinto término, debemos desechar la vieja cultura de los monopolios, sean públicos o privados, de los privilegios, de los repartos de mercado, y embarcarnos en la cultura de la competencia, bajo el imperio de la ley, aquella cultura que incentiva los valores empresariales y que propicia una actitud positiva de ganarse un lugar en el mercado por la vía de ofrecer al consumidor los mejores productos y servicios a los mejores precios.
El sexto “mandamiento” consiste en pasar de una cultura del control previo, de la regulación y del intervencionismo, a una cultura de libertades en todos los órdenes, en el religioso, en el político y en el económico, con respeto a unas reglas de juego democráticamente establecidas. Sólo en un ambiente de libertad, de libertad para crear empresas, para invertir, para consumir, puede florecer el progreso.
Hay que adoptar, en séptimo lugar, una cultura de flexibilidad y adaptación, que es la que ha permitido al ser humano llegar hasta aquí, venciendo a todos los desafíos naturales y superando todos los obstáculos, e ir arrumbando una cultura de rigideces y de planificación que puede representar una camisa de fuerza para el único recurso productivo inextinguible, que es el ser humano, con su inagotable capacidad de trabajo, de imaginación y de creatividad.
En la octava casilla se contempla la conveniencia de apostar por una cultura de la responsabilidad individual, por la que cada individuo tiene que asumir las consecuencias de sus propios actos y responder de las mismas, lo que en el mundo de la empresa significa obtener el premio del beneficio o el castigo de las pérdidas, en contra de una cultura que descanse en la responsabilidad colectiva, de forma que el paraguas del Estado acabe protegiendo y tapando los errores de las personas o de las empresas.
En noveno término, sugiero una cultura que propugne la igualdad ante la ley y la igualdad de oportunidades, auténtico medio de socializar la renta y la riqueza, frente a una cultura que defienda la igualdad de resultados a través de políticas intervencionistas que suprimen los incentivos y niegan el derecho de propiedad sobre los frutos del propio esfuerzo.
Y llego ya a la décima recomendación del decálogo, a favor de una cultura que reconozca a la empresa como protagonista esencial del crecimiento, de la creación de riqueza, de la generación de empleo, del progreso y del bienestar social, y en contra de una cultura que otorgue equivocadamente al Estado ese protagonismo.
En resumen, de lo que se trata es de establecer claramente la prevalencia de la sociedad civil sobre la sociedad político-burocrática, estando ésta última al servicio de la primera, y no al revés, sin perjuicio de ejercer, porque ese es su verdadero papel, la tarea clave de vigilancia en la aplicación de las reglas de juego y del mantenimiento de ese esquema ético-cultural que sustente al sistema económico y al sistema político y los haga caminar en la dirección correcta.
Lo he dicho antes y lo vuelvo a repetir para terminar: la función del sistema educativo en todo este proceso es crucial y me complace particularmente afirmarlo así en un ambiente netamente universitario como el que acoge este curso de verano.
Les agradezco mucho la atención que me han prestado.
TRANSPARENCIA
De una cultura de A una cultura de
1 SEGURIDAD RIESGO
2 CORTO PLAZO LARGO PLAZO
3 ENGAÑO, CORRUPCIÓN HONRADEZ, VERACIDAD
4 LOCAL GLOBAL
5 MONOPOLIOS, PRIVILEGIOS COMPETENCIA, LEY
6 CONTROL, INTERVENCIONISMO LIBERTAD, REGLAS
7 RIGIDEZ, PLANIFICACIÓN FLEXIBILIDAD, ADAPTACIÓN
8 RESPONSABILIDAD COLECTIVA RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL
9 IGUALDAD DE RESULTADOS IGUALDAD DE OPORTUNIDADES
10 ESTADO PROTAGONISTA EMPRESA PROTAGONISTA
EN RESUMEN
Del predominio de una
SOCIEDAD POLÍTICO-BUROCRÁTICA Al predominio de la
SOCIEDAD CIVIL


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